Cada cierto tiempo, una noticia escandalosa, rebotada múltiples veces por la prensa, deriva en el mismo gobierno haciendo una propuesta (como la pena de muerte para los violadores). En este caso se trata de la errónea amputación de la pierna de un paciente en el hospital Sabogal que ha terminado en la propuesta de un Seguro Obligatorio de Responsabilidad Civil por Servicios de Salud (SORCSS).
Ante esto, el Ministro de Salud sostuvo que el SORCSS no afectará a los médicos. Quizás, debió especificar que no afectará “económicamente” a los médicos, pues como bien ha declarado, de aprobarse, el costo del seguro deberá ser afrontado por la Institución de Salud, lo cual es lo más lógico. Obviemos en este punto las declaraciones de Alan García que sostuvo que “sería correcto que los profesionales de salud también aporten económicamente, mediante un seguro, a dicho fondo.” En cuyo caso, el mismo Presidente debió y debería aportar parte (o el íntegro) de su sueldo para compensar a los afectados por su gobierno (terrorismo, baguazo, ustedes entienden).
Pero aún si las propias Instituciones de Salud afrontarán este costo, debe especificarse si el presupuesto de las mismas se elevará para los siguientes años. ¿O será que el presupuesto se mantendrá y la medida actuará, en realidad, como un recorte al presupuesto asignado a instrumental, aparatología e insumos? Además, desde el punto de vista de los galenos, dinero asignado a otros fines en este sector, es dinero negado para ellos. Hacen huelgas, se encadenan, exponen las deplorables condiciones en las que trabajan, son humillados por el improvisado Ministro de Salud de esos tiempos (Garrido Lecca) y nadie les sube el salario. Meses después, a raíz de lo rebotes noticiosos, ya existe una propuesta de Seguro Médico Obligatorio con la venia del Presidente de la República, con pedido de convocar a una sesión plenaria extraordinaria para aprobarla.
La prensa ha tenido en estos días un rol vital. Y el problema es han salido en televisión múltiples casos de personas que perdieron a un familiar y arguyen negligencias médicas. Es probable que algunas tengan razón, pero es claro que otras, dentro del dolor de haber perdido a un ser querido, dejan a la elucubración y la denuncia furibunda lo que en realidad corresponde a la resignación y el agradecimiento a los médicos que hicieron todo lo posible por salvar al paciente.
Finalmente, como en todo, no hay que perder de vista que donde hay la oportunidad de un negocio redondo, está también uno o más interesados presionando para obtener su buena tajada. En este caso, claro, las compañías de seguro. Y también los abogados (y quién sabe, hasta universidades) que ven como una especialidad rentable los litigios por malas praxis en salud. No es un motivo para descartarlo, claro, pero sí un detalle a considerar, sobre todo, cuando abres tu periódico.
SIGUIENTE: El “SOAT” médico - principales actores y análisis de incentivos
Este post no ha tomado un par de horas. Llevo ya días escribiéndolo, con la dureza que entraña sentenciar, en el título y con tiempo pretérito, una verdad cada vez más contundente. Esa sensación extraña, cruel y triste que me embarga desde ya es la que, asumo, golpea a todos los que tienen la desdicha de ver una vida extinguirse lentamente sin poder, acaso, hacer algo al respecto.
En efecto, mi abuelito era Wikipedia. O se le parecía mucho, algo velasquista quizás. Tenía, allá en sus tiempos lúcidos, respuestas para todo, una manera pausada de hablar, un nivel de conocimiento asombroso para una persona prácticamente autodidacta, con un amor admirable por su país y por la política.
Recuerdo muchas cosas de él, y las perennizo en esta columna por si el alzheimer, más temprano que tarde, me juega alguna mala pasada. Recuerdo, en primer lugar, que amaba el rocoto en las comidas y odiaba a la Chola Chabuca (¿quién no?).
Recuerdo también que, cada febrero, el árbol de ciruelas que solíamos tener en casa comenzaba a dar sus frutos. Y que, cada vez que un fruto maduro se precipitaba al suelo, mi abuelo -que lo esperaba con ansias- veía tal acontecimiento desde su ventana del tercer piso y emprendía menuda carrera por las escaleras. Una carrera en la que, debo añadir, no estaba solo, pues mientras bajaba presuroso, avanzaba con su paso cadencioso esa tortuga que teníamos y que, cosas del destino, siempre le ganaba las ciruelas.
Mi abuelo, a quien llamábamos cariñosamente George, fue agnóstico el 99.9% de su vida. Por eso me desconcertó -y alegró- que pidiera en sus últimas horas, con las escasas fuerzas que le quedaban, la extrema unción. Pero aún si no lo hubiera hecho, y aunque sé que no le hubiera gustado que dijera esto, él se merecería más que cualquier otra persona en la vida (excluyamos quizás a la madre Teresa de la muestra) ir al cielo. Porque de existir el cielo (no como un espacio físico, claro) éste alberga a personas nobles y honestas, sinceras y probas, y él fue, sin duda, una de ellas.
Y este tema, hoy, no tiene nada que ver con economía. A lo máximo podríamos decir que mi abuelo se enorgulleció siempre de mí, y más cuando me gradué de economista. Que, en sus tiempos lúcidos, a quien llegaba a visitarlo al hospital, le contaba que su último nieto era ya un economista. Que el día de mi graduación bajó a verme, con todo y sus dolencias, con un vino bajo el brazo, uno que le envió una prima desde Francia y que reservó especialmente para beberlo conmigo en esa ocasión. Pero no, ninguna relación con la economía. La razón de este artículo en este blog de economía es simplemente rendir un justo tributo a una persona que hará mucha falta en mi familia y, claro, compartir con quien se tope con esta columna que alguien muy importante para mí se fue físicamente. La única diferencia es, George, que esta vez no tendré que gritar para que me escuches bien. Esta vez, sólo debo escribir y esperar que las líneas te ubiquen y te hagan saber que te voy a extrañar, que extrañaré tus interrupciones en discursos familiares solemnes porque no advertías que ya había alguien hablando, que te recordaremos siempre, a ti y a tu cabeza de algodón que, lo quiera o no, emularé en pocos años. Descansa en paz, Georgino.
Desde hace ya buen tiempo se sabe de un extraño caso que involucra al actual alcalde de Lima y, cosas de la vida, líder en las encuestas de intención de voto presidenciales.
Así que pretenderé que es un ejercicio de Finanzas I, para que se entienda cuál es el escándalo aquí (los datos del problema fueron extraídos de este artículo de Peru21):
Relima es la empresa encargada de la limpieza de las calles de la ciudad capital. La Municipalidad de Lima mantiene por ese concepto una deuda millonaria que, inicialmente, se niega a pagar. Luego cede y fijan la deuda en S/. 35.9 millones. Con intereses y todo, la deuda asciende a S/. 40.5 millones, distribuida en pagos en 10 años. Halle usted la tasa de interés. Respuesta: 8%
Es decir, la Municipalidad de Lima se comprometía a pagar durante cada uno de los 10 años próximos la suma de S/. 3.7 millones. Entonces ahora imaginemos un papelito, que es de posesión de Relima, que dice:
Si alguien quiere comprarle ese papelito a Relima -que en la realidad es, espero, algo más formal- es obvio que no va a ofrecerle S/. 40.5 millones. El precio debe ser (mucho) menor, porque lo que estoy comprando es una promesa futura de pagos anuales. En resumidas cuentas me estoy comprando un flujo futuro y de largo plazo de dinero.
Surge entonces una empresa, y sin mayores antecedentes, (Comunicore) que decide que le será medianamente rentable comprarle a Relima este papelito por S/. 14,6 millones. Halle usted la tasa de rentabilidad “inicial” de Comunicore. Respuesta: 21.67%
La primera línea corresponde a los pagos (todos iguales), la segunda línea corresponde al “valor presente” de esos pagos. El precio del papelito es la suma de la línea 2: la suma del valor presente de los flujos futuros.
Y hasta aquí, esto sería una operación financiera común y silvestre, con un buen porcentaje de ganancia, pero bueno, para eso están las finanzas.
Una visión más ortodoxa de las finanzas es lo que pasó despúes. Una vez que Comunicore ya había comprado el papelito por S/. 14.6 millones, la Municipalidad (a pesar del acuerdo de pago en cuotas mencionado anteriormente) decidió que quería pagar TODA la deuda de golpe.
Es decir, ya no hay flujo futuro de dinero en 10 años. No. TODO de golpe. Es decir una ganancia de más de S/. 21 millones. Días después la empresa se liquidada, y ahora salen a la luz transferencias de dinero y el uso de un ambulante, un cerrajero y una iletrada como testaferros de altos cargos de Comunicore.
Como dicen por ahí: construyendo.