Primero que todo les pido disculpas por no haber podido postear hace semanas. Pero ustedes saben cómo es: que el viaje a Cuzco, que las clases adicionales a las que uno se mete mensamente luego de cinco años y medio de puro estudio, que el sueño inconmesurable que se lleva mi tiempo con cada vez más frecuencia. El punto es que ya estoy afiliado a una AFP.
Pero aquí debo advertir que mi decisión no fue quizás la más técnica aunque —puesto a pensar— diría que algún tipo de racionalidad subyace por ahí. De esas algo retorcidas que un economista —ah cierto, yo soy uno— debería sentarse a modelar ya.
En primer lugar, ¿por qué no la ONP? No, no es un chiste. En serio. ¿por qué no afiliarse a la ONP? La Oficina de Normalización Provisional simplemente recauda el dinero de todos los aportantes que están afiliados a dicho sistema, y luego de ellos les garantiza una pensión independientemente del monto que uno aportó. Eso me conviene —claro— si el monto que he aportado es menor que el monto que voy a recibir a lo largo del tiempo. Pero este es un sistema prácticamente insostenible. Con el escaso número de afiliados, se debe cubrir las pensiones de aquellos que aportaron en el pasado, requiriendo a gritos un subsidio del Estado.
En la mayoría de los casos, no obstante, el espíritu de solidaridad y altruismo no nos invade y decidimos aportar a una AFP que es como una cuenta de ahorros intangible. No la podremos tocar hasta que nos jubilemos. Una cuenta de ahorros que, además, gana mayores “intereses” que una cuenta normal, pues las AFP toman nuestro dinerito para asignarlo a diversas inversiones físicas y financieras. Grandes ganancias, claro, y también grandes pérdidas como podrán atestiguarlo quienes recientemente vieron sus aportitos hecho trizas. Pérdidas que, dicho sea de paso, son asumidas por nosotros los aportantes.
No bien se enteró que iba a pasar a un régimen muy parecido a planillas —salvo que no te dan pavo en navidad ni gratificaciones en julio o diciembre— una agente de ProFuturo se contactó conmigo, pidiéndome con insistencia una cita para explicarme los múltiples beneficios de su compañía. Mala señal. La señora, a quien le concedí la cita, realmente me convenció pero algo me decía que, por más agresiva que fuera una campaña de expansión de afiliados, la insistencia y casi desesperación por captar clientes debía tener detrás una escasa performance. Me dijo que la rentabilidad es algo relativo, que se ve en el tiempo. Y es cierto; pero también es cierto que—una vez bien posicionados en el mercado—será difícil que una Institución pierda su trono. Miré las rentabilidades que, puntualmente, publica la CONASEV y…
La AFP más sólida—en lo que a rentabilidad respecta, por lo menos—es AFP Horizonte. Así que, sin pensarlo dos veces llamé a una agente y le solicité que enviaran inmediatamente a una agente porque quería afiliarme a su AFP. En estos momentos no podría asegurarle que haya algún agente disponible, pero déjenos su número telefónico y nos estaremos comunicando con usted en las próximas 48 horas. ¿Qué? ¡Habráse visto! ¡Hacerme esperar! Me gusta.
La actitud de suficiencia, de un-aportante-más-qué-importa —que bien podría trasladarse incluso, mediante un símil, al ámbito de las relaciones sentimentales— me impactó. Me hizo pensar seriamente que detrás de eso, además de un pésimo servicio al futuro cliente y una operadora bastante malcriada (rayos, ¿en qué me metí?), se encontraba la experiencia de una empresa sólidamente asentada en este folclórico terruño. Curioso silogismo.
Leer entrelíneas no es quizás la manera más técnica de decidir. No me desincentivó tampoco que, luego de esperar día y medio, me visitara una agente de Horizonte que había dejado la carpeta demostrativa en su carro—aunque corrió presurosa a traerla cuando se lo solicité—y cuyos dotes de oratoria y persuasión eran claramente menores que la señora que, pudiendo ser incluso su madre, me vino a visitar desde ProFuturo.
Ya estaba sugestionado. Quería Horizonte. Quería rentabilidad. Me gusta el golpe. Además, me dieron una bolsa de finas galletitas y un lapicero en su cajita de madera. ¿Qué más se puede pedir?
Claro, ahora que me han depositado casi 15% menos de mi sueldo real, me pongo a pensar si realmente valoro más las zapatillas que me podría estar comprando ahora con ese dinero, o los kilos de futuros medicamentos para la próstata que en —apróximadamente— cuarenta años me estaré comprando.